viernes, 20 de marzo de 2009

Una amistad por encima del racismo:

Hace dos años, cuando aún estaba en primaria, conocí a una persona que me hizo cambiar mi opinión sobre los inmigrantes. Esa persona se llamaba Andrea Roxanna Banica, y había emigrado desde Rumanía porque a su padre lo habían destinado a España.
Un día en clase, nos informaron de que iba a incorporarse a nuestro grupo una chica rumana. Casi nadie tenía ilusión en conocerla, puesto que normalmente la gente dice que no son buenas personas y que uno no se puede fiar mucho de ellos. Pero la verdad, si hubieran conocido a Andrea no habrían dejado que nadie hablara así de ellos.
Llegó el día, llamaron a la puerta del aula, y nuestra tutora nos presentó a una chica de cabello oscuro y ondulado, que le llegaba hasta los hombros, y de ojos color chocolate. Su postura denotaba que era una chica tímida y que no estaba disfrutando mucho con que todas las miradas se posaran en ella.
Enseguida, Andrea fue recibida por algunas de las chicas de la clase que, desafortunadamente, eran en las que menos confiaba, debido a su tendencia a dejar de lado; pero Andrea no lo sabía, y ocurrió. Al cabo de unas semanas, Andrea ya no tenía a nadie con quien estar. Mª Carmen y yo hacía tiempo que queríamos conocerla mejor. En el recreo, nos acercamos a ella y estuvimos hablando hasta que la campana sonó a las doce y media; y así diariamente.
Andrea resultó ser una de esas personas de las que pocas quedan ya: sincera, alegre, divertida, soñadora y, lo más importante, nunca ocultó su forma de ser; ella estaba contenta consigo misma y jamás pensó siquiera en cambiar para caerle bien a alguien. Nos habló de Rumanía, de los amigos y la familia que había dejado allí, de las costumbres de su país , etc.
En solo unos días nos hicimos inseparables hasta para ir al baño.
Un recreo, nos prometimos que no faltaríamos a ningún cumpleaños de alguna de nosotras, ni siquiera aunque nos hubiéramos peleado.
Lo que no sabíamos era que esa promesa no se podría cumplir nunca. Cuando solo faltaban unos días para mi cumpleaños, Andrea tuvo que volver a Rumanía ya que a su hermano el clima de España le afectaba a los pulmones.
Desde que se fue no he vuelto a saber de ella, y la echo muchísimo de menos. Cada cumpleaños me acuerdo de ella y, aunque no esté aquí para felicitarme, siento que ella tambien está pensando en mí.
Siempre la recordaré coma a una bellísima persona a la que jamás olvidaré (y espero que ella tampoco me olvide a mí) y que me enseñó que todos somos iguales, seamos de donde seamos, y que no se puede juzgar a alguien sólo por sus costumbres.